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domingo, 7 de junio de 2015

Esto no tiene título

Hemos vuelto a mear en los postes de la gran ciudad, como perros callejeros, perros quiltros, perros sin dueño. Hemos vuelto a cagar en la vereda, sin que nadie nos recoja con una bolsita nuestro malestar. Caminamos pausadamente y a momentos más rápido. Corremos si queremos y nos detenemos sin tener ninguna razón. Olemos tu basura, escarbamos en ella y comemos lo que nos sirve. Podemos andar solos o con algún compañero que no le tema a los autos. A veces nos verás en jaurías, pero eso no significa que nos creamos todopoderosos. Más bien nos sentimos en familia y andamos sin temor de los golpes humanos. Hemos vuelto a revolcarnos en los pastos de los parques. Hemos vuelto a follar a vista y paciencia del transeúnte que, aún se impresiona y ríe como si él no hiciera lo mismo. Hemos regresado y somos más de lo que tú crees. 
(Foto: Carola Lagos/Flickr:carolagosc)

martes, 3 de febrero de 2015

Nunca me gustó Coldplay

Jamás me gustó Coldplay, pero este disco carga un recuerdo en particular. Estaba finalizando cuarto medio y decidí trabajar repartiendo volantes los fines de semana. El trabajo consistía en ir a una especie de garita ubicada en la comuna de Las Condes. Ahí llegabas muy temprano en la mañana y te seleccionaban para repartir en semáforos o por casa. Nunca me eligieron para semáforo porque debías ser rubia o tener el pelo teñido rubio y andar con jeans ajustados. No era rubia y nada me quedaba ajustado. Ser elegida para semáforo era un privilegio, no tenías que caminar, no te matabas tanto de calor, era más rápido, en fin. A mí siempre me ha gustado caminar, así que daba lo mismo. Lo encontraba mucho más libre, podía ir al ritmo que quisiera, escuchando música y no soportaba los rostros que te decían que no.
Así con mi mochila cargada de volantes del Jumbo, me iba a caminar por las callecitas de Las Condes repartiendo consumo. La única regla: un volante por casa. Existían supervisores que te vigilaban. Las últimas veces, me comenzó a dar lo mismo, todo a la basura al final del turno. El último día que trabajé ahí, iba caminando por una gran avenida, pensando qué haría con mi vida después de salir del colegio. Andaba con mi personal stereo y las pilas tenían muy poca carga, así que no podía escuchar cassette. Sintonicé la Rock&pop y comenzó a sonar este disco completo. La voz de Sergio Lagos aparecía a veces pelotudiando como siempre. Me agradó, escuchaba a Radiohead hace unos pocos años y había oído que estos eran sus hijos deformes. No me pareció tan así en el momento. Lo disfruté mucho ese día de sol. Pensé muchas cosas en relación a mi futuro, mirando esas casitas que ocupaban casi una cuadra. Sabía que quería una cosa: estudiar, porque de pequeña me dijeron que la única forma de superación del pobre era esa, estudiar. 
Al año siguiente no podía hacerlo, debía trabajar y después de eso todo era incierto. Mis concepciones en relación al estudio, a las instituciones y a las casitas de una cuadra cambiaron con el tiempo, como muchas cosas. Nunca me gustó Coldplay, pero hoy escucho este disco y me transporto a ese día en que la incertidumbre era lo único seguro en mi vida. Tengo exactamente la misma sensación de duda para lo que viene más adelante. Pensándolo bien, creo que es el único disco de Coldplay que me gusta.



viernes, 8 de agosto de 2014

Diez preguntas metafísicas

Buenas tardes, mi nombre es María Magdalena. Le llamo desde Encuestas Metafísicas ¿Usted sería tan amable de responder un breve cuestionario? Son solo 10 preguntas, no le tomará más de tres minutos. Ah! no tiene tiempo. No se preocupe -todo bien -pero le aclaro que, sé dónde vive, dónde trabaja y/o estudia, bonitx gatx ese que le recibe todas las tardes. Sería una pena que un día no le reciba más. Ah! tiene tiempo ahora, muy amable, acá van las preguntas:

1- Si fuese un maniquí ¿Qué posición adoptaría para la eternidad?
2- Si fuese un pájaro ¿Cuáles serían las medidas de su jaula?
3- Si tuviera que vivir en una canción ¿Qué canción elegiría?
4- Si pudiese ser un personaje de una serie de televisión ¿Qué personaje sería?
5- Descubrió que es el hijx que dio en adopción Patricia Maldonado producto de una noche de pasión con Augusto Pinochet ¿Le contaría a sus amigxs?
6- Si pudiese revivir a un famosx para tener una conversación de una hora ¿Quién sería ese personaje?
7- Le prestan el DeLorean de Volver al futuro por una semana ¿A qué días históricos viajaría?
8- Si tuviese la facultad de eliminar una emoción ¿Cuál eliminaría?
9- Si usted fuese una droga ¿Qué droga sería y a quién drogaría?
10- Si le dijese que no sé dónde vive, ni dónde trabaja y/o estudia, ni que tiene un gatx ¿Volvería a responder esta encuesta?

Muchas gracias por su tiempo, que tenga un lindo día. 

miércoles, 18 de junio de 2014

La historia de la barbie sin cabeza

A los 8 años me entretenía de diversas maneras. Una de ellas era jugar con mis barbies. La mayoría bien tiesas, porque las articuladas eran más caras. Nos habíamos cambiado de casa hace menos de un año. Siempre me fue difícil hacer amigxs, por lo que la amistad que surgió con los chicxs del barrio, fue un mundo interesante para mí.  

En la casa de mis abuelxs paternxs, donde pasé los primeros 7 años de mi vida, me acostumbré a jugar sola. Y las veces que tenía la posibilidad de jugar con alguien en la casa, me escondía al fondo del patio y no salía más. La verdad, solo me escondía de una niña que visitaba la casa vecina, donde vivían otros familiares. Recuerdo que teníamos la misma edad, pero era el doble de grande que yo. Era muy ruda para jugar, gritona y siempre rompía mis pocos juguetes. Ahora que lo pienso bien, debí jugar más con ella y aceptarla. No, mentira. Eso era instinto de sobrevivencia.

En mi nueva casa fue todo distinto. Mucho más pequeño, pero a la vez más cómodo. Iniciaban los 90’, llegaba la fabulosa democracia y las familias comenzaban con el sueño bien instalado de la casa propia. La dictadura en parte quedaba atrás –bueno, siempre ha estado aquí- y la mayoría, incluida mi familia, con quienes habíamos vivido el autoritarismo de Pinochet en un barrio conflictivo como La Legua, buscábamos la manera de construir una familia, en una casa pequeña y pareada, con patio para el asado y para la perra quiltra.

La villa -como se acostumbró a llamar a la proliferación de poblaciones de viviendas idénticas- no tenía más de 6 casas habitadas cuando llegamos. Situación que cambió drásticamente con los meses. Así al poco tiempo, muchas familias jóvenes con sus pequeñxs hijxs, iniciaban una nueva vida en la populosa comuna de Puente Alto.

¿Y la historia de la barbie sin cabeza?

- Cierto, la historia.

Un día, jugando con mi nueva amiga Daniela, decidimos, en realidad dispuso ella. Es importante mencionar que Daniela siempre fue adelantada para su edad. Quería vivir todo antes de tiempo. Comenzó a fumar de niña, odiaba el colegio – bastante comprensible- hasta llegar a repetir varios niveles. Tenía 9 años y le gustaban todos los niños, siempre quería hacer cosas nuevas y por lo demás, era bastante entretenida.

Entonces, nos fuimos a jugar a la vereda frente a mi casa, con nuestras barbies. Justo en ese espacio, habían instalado la tapa del desagüe. Escenario perfecto para alguna historia dramática. Así a Daniela se le ocurrió la brillante idea de meter en el pequeño hoyo de la tapa del desagüe las cabezas de nuestras dos barbies. Probablemente era algo relacionado con que las muñecas podían ver algo que nosotras no, una especie de extensión de nuestra vista, quién sabe. Yo la miré con desconfianza. Mi barbie era más barata y tenía la cabeza suelta, yo sabía eso, pero le seguí el juego.

Así introducimos las dos cabezas de barbies y me dice: a la cuenta de tres las sacamos juntas. Error. Uno, dos, tres. Recuerdo bien lo que sentí, fue como si me hubieran arrancado a mí la cabeza. Me bajó una profunda tristeza. Miré a mi barbie, que por lo demás era mi favorita, sin cabeza. La barbie de Daniela mantenía su cabeza intacta, y me observaba con esa sonrisa forzada que tienen todas las barbies.

Daniela me miró con cara de “yo no hice nada”. Me dijo que lo sentía mucho, agarró sus cosas y se fue de la escena del crimen. Me quedé sentada por unos minutos más sobre el desagüe y entré a mi casa. Creo que no lloré, el impacto fue tan grande, que me quedé tiesa como mis muñecas baratas, mirando a mi nuevo espécimen de juguete. Intenté ponerle otra cabeza, pero ninguna le quedaba bien. Ella tenía su propia cabeza y la había perdido.

No sé cuánto tiempo pasó después de esto, probablemente un par de años, porque ya no jugaba mucho con mis muñecas y me interesaba más escribir en mi diario. Fue así como un día, mi mamá me llama desde la calle. Habían venido de la empresa del agua a limpiar el desagüe y entre toda la mierda que sacaron, hallaron una cabeza de barbie. Ahí estaba, frente a mí, la cabeza de mi barbie. Estaba toda podrida por el agua, su pelo ya no era rubio, sino era un montón de caca y me miraba con los ojos desteñidos probablemente de tanto llorar. Así y todo, con la cabeza con olor a mierda de desagüe, me emocioné.

Fui corriendo al baño a lavarla, la limpié lo más que pude, pero su pelo estaba hecho un desastre. Había que tomar una decisión drástica. Así que agarré las tijeras y le corté el pelo. La verdad, la rapé completa. Era la única manera de salvarla.  Luego, busqué en el cajón de los juguetes el cuerpo de la Barbie sin cabeza. Ese momento, después de tanto tiempo de intentar encontrarle una cabeza ideal para ella, había llegado. Se la puse y calzó perfecta. Mi Barbie otra vez tenía cabeza y además, rapada. No me importó su nuevo estilo, de hecho me gustó. Volví a jugar con ella, le coloqué el mejor vestido que encontré, los mejores zapatos y la senté en el estante de los juguetes.

Para finalizar y agregar romanticismo. Esto me recuerda al mito de Aristófanes: en un principio del tiempo, los hombres poseían dos cabezas, cuatro brazos y cuatro piernas. Un día desafiaron a los dioses, perdieron y Zeus por castigo los separó, dejando la cicatriz del ombligo. (No entraremos en detalles de género). Desde entonces, el ser humano busca a su otra mitad, a su otra cabeza. Porque siente y cree que le falta algo, algo que perdió, que encaja perfectamente con lo que es. 

Mi barbie encontró su cabeza, después de tanto tiempo de haberla perdido y, aunque hubo que hacerle un nuevo corte de pelo, le quedó perfecta igual. Así que, no perdamos las esperanzas. Solo hay que saber reconocer, aunque esté rapadx.

por María Magdalena.




jueves, 10 de abril de 2014

No quiero jugar contigo: divagaciones sobre las no-respuestas

Recuerdo que, cuando era niña, mi mamá me pidió que jugara con la hija de una vecina. No quería jugar con ella, no me acuerdo exactamente por qué, pero no tenía ganas de hacerlo. Mi mamá se enojó mucho conmigo por mi falta de socialización, pero en el fondo ella no entendía que simplemente no quería hacerlo y solo se lo dije. Hoy un poco más “madura” (qué mierda esa palabra, no soy fruta), pienso en esto y en lo fácil que sería dar una respuesta inmediata ante lo que no queremos hacer o no nos interesa hacer.

Hace unas semanas salí con un chico, obviamente no fluyó mucho entre nosotros. Probablemente por mis prejuicios sobre él, principalmente por la información de su Facebook en que claramente se mostraba su pertenencia a una secta que sigue a un gurú. Luego, pensé en que estaba muy cerrada y lo invité al cine a través de un mensaje del bien ponderado Facebook, no respondió. De hecho no me volvió a hablar, no sentí gran pérdida al respecto, pero me molestó que no respondiera.

Los comentarios de mis amigas eran pero ¿decía visto? Sí, lo vio con fecha y hora, Facebook siempre nos delata. ¿Y no te respondió? No, no me respondió… Dale unos días. La verdad, nunca respondió. La respuesta es obvia, no quiere verme más o no le gusta el cine, pero por qué no decirlo, por qué dejar que el otro asuma lo que no quieres decir. Al parecer, el silencio, es una clara forma de darle entender al otro/a que no le interesas. El problema es que lo aceptamos y decimos, ya está… no importa. A pesar que en el fondo de nuestro corazón de alcachofa nos interesa, por más que sea un rechazo.

Me ha ocurrido tantas veces el esperar una respuesta a algo que creo importante (obviamente después me doy cuenta que no era para tanto drama). Y además,  pienso en las muchas ocasiones en que yo no respondí, en que opté por el fácil silencio. He escuchado la típica excusa de “no he tenido tiempo”, rotunda mentira. No es que no tengamos tiempo, sino que solo no está en nuestras prioridades. Lo dejamos para el final, hasta que solo pasa, y llega la no-respuesta, llega el silencio, y el otro termina asumiendo eso como la respuesta esperada.

Me gustaría que me dijesen: es que no quiero jugar contigo, en vez del silencio eterno de la no-respuesta, del “visto” en el puto Facebook, del correo enviado y la duda si es que lo leyó o no. Aunque creo que nuestra especie es tan compleja que, a pesar de que me dijeran: no quiero jugar contigo, pensaría de inmediato en el por qué… ¿Es que no le gusta mi Barbie sin cabeza? Si le podemos colocar cualquier otra o ¿es que le molesta que coma tierra? Pero si podemos comer pegamento también. Al final siempre habría espacio para las dudas del por qué el otro no quiere ser tu amigo/a.



Lo único que me queda un poco más claro, es que por lo menos de mi parte, haré todo para responder en un tiempo prudente. Y no hacerle sentir al otro/a lo que me molesta tanto. Bien cristiana mi conclusión, pero no tengo otra por el momento. 


por María Magdalena

Feria Puente Alto/Santiago/Día domingo