jueves, 10 de abril de 2014

No quiero jugar contigo: divagaciones sobre las no-respuestas

Recuerdo que, cuando era niña, mi mamá me pidió que jugara con la hija de una vecina. No quería jugar con ella, no me acuerdo exactamente por qué, pero no tenía ganas de hacerlo. Mi mamá se enojó mucho conmigo por mi falta de socialización, pero en el fondo ella no entendía que simplemente no quería hacerlo y solo se lo dije. Hoy un poco más “madura” (qué mierda esa palabra, no soy fruta), pienso en esto y en lo fácil que sería dar una respuesta inmediata ante lo que no queremos hacer o no nos interesa hacer.

Hace unas semanas salí con un chico, obviamente no fluyó mucho entre nosotros. Probablemente por mis prejuicios sobre él, principalmente por la información de su Facebook en que claramente se mostraba su pertenencia a una secta que sigue a un gurú. Luego, pensé en que estaba muy cerrada y lo invité al cine a través de un mensaje del bien ponderado Facebook, no respondió. De hecho no me volvió a hablar, no sentí gran pérdida al respecto, pero me molestó que no respondiera.

Los comentarios de mis amigas eran pero ¿decía visto? Sí, lo vio con fecha y hora, Facebook siempre nos delata. ¿Y no te respondió? No, no me respondió… Dale unos días. La verdad, nunca respondió. La respuesta es obvia, no quiere verme más o no le gusta el cine, pero por qué no decirlo, por qué dejar que el otro asuma lo que no quieres decir. Al parecer, el silencio, es una clara forma de darle entender al otro/a que no le interesas. El problema es que lo aceptamos y decimos, ya está… no importa. A pesar que en el fondo de nuestro corazón de alcachofa nos interesa, por más que sea un rechazo.

Me ha ocurrido tantas veces el esperar una respuesta a algo que creo importante (obviamente después me doy cuenta que no era para tanto drama). Y además,  pienso en las muchas ocasiones en que yo no respondí, en que opté por el fácil silencio. He escuchado la típica excusa de “no he tenido tiempo”, rotunda mentira. No es que no tengamos tiempo, sino que solo no está en nuestras prioridades. Lo dejamos para el final, hasta que solo pasa, y llega la no-respuesta, llega el silencio, y el otro termina asumiendo eso como la respuesta esperada.

Me gustaría que me dijesen: es que no quiero jugar contigo, en vez del silencio eterno de la no-respuesta, del “visto” en el puto Facebook, del correo enviado y la duda si es que lo leyó o no. Aunque creo que nuestra especie es tan compleja que, a pesar de que me dijeran: no quiero jugar contigo, pensaría de inmediato en el por qué… ¿Es que no le gusta mi Barbie sin cabeza? Si le podemos colocar cualquier otra o ¿es que le molesta que coma tierra? Pero si podemos comer pegamento también. Al final siempre habría espacio para las dudas del por qué el otro no quiere ser tu amigo/a.



Lo único que me queda un poco más claro, es que por lo menos de mi parte, haré todo para responder en un tiempo prudente. Y no hacerle sentir al otro/a lo que me molesta tanto. Bien cristiana mi conclusión, pero no tengo otra por el momento. 


por María Magdalena

Feria Puente Alto/Santiago/Día domingo