Hace casi un año que regresé de
Argentina y lo que más extrañaba fuera de lo típico –familia, amigxs, la
marraqueta- era la feria
de mi casa.
La feria de mi casa es algo casi sublime que nace
y muere todos los domingos. Se extiende por una avenida principal, un parque y
varias otras ramificaciones de calles cercanas. Se divide esencialmente en tres
partes: primero se encuentran los puestos oficiales, que están dentro de la
legalidad de tener un puesto feriante. Luego están los “coleros” -según mi
perspectiva la parte más entretenida de todo el recorrido- son los que se
sitúan en el parque o calles aledañas con toldos, pañitos, mesas o desde los
patios de las casas para vender sus mercancías. Por último, están los ambulantes
que venden principalmente comida u ofrecen alguna canción para el divertimento
del público.
Voy sagradamente casi todos los
domingos, tal cual creyente visita a su dios redentor. Habitualmente voy en
búsqueda de algo específico, pero otras voy sencillamente porque la sorpresa se
puede hacer presente en cualquier rincón o pañito de color. Creo que eso es lo
que más me agrada, la pluralidad y lo notable de cada objeto ubicado al azar
sin mayor pretensión.
En la feria de mi casa puedes encontrar lo que siempre
has estado buscando o simplemente la necesidad cotidiana. Además de frutas y
verduras venden mercadería, papel higiénico, detergentes, plásticos de las más
variadas utilidades, escobas, bolsas de basura, cojines, frazadas, sábanas, maquillaje,
ropita de mascotas, comida para animales, muebles para toda la casa, artículos
de ferretería, repuestos de autos, juguetes usados y artesanías de diversos
tipos. Venden las plantas y árboles que quieras y sino, como una vez le pasó a mi madre que
quería un floripondio por su linda flor, te pueden decir: señora eso es ilegal,
pero igual se lo puedo traer a fin de mes.
En la feria de mi casa venden ropa usada para damas,
varones, adolescentes, niñxs, guaguas y embarazadas. Venden pastillas
anticonceptivas para evitar comprar todo lo anterior.
Venden libros usados, nuevos, de
editoriales independientes y transnacionales. Venden libros que reparan mesas
cojas como los de autoayuda y los publicados por youtubers. En la feria de mi casa te puedes
topar con un anciano que vende su biblioteca marxista debido probablemente a
alguna pena de amor.
Puedes hallar basura
estadounidense, esa que viene en contenedores y que llega a los puertos del
país. Ahí confirmé los obsesivos que son los gringos con la navidad y que todos
los acontecimientos importantes pueden ser una cajita de tarjetas con sobre
incluido.
En la feria de mi casa he comprado libros muy
especiales por tan solo $300 pesos, como la primera edición de “Cárcel de
mujeres” de María Carolina Geel, que tiempo atrás había consultado a un librero
y que me lo conseguía por $25 mil pesos. He comprado libros a muy bajo precio
como la antología completa de obras de Egon Wolff o una linda edición de los
años 70 de “El Principito”.
La feria de mi casa es pura resistencia, es
memoria en cámaras fotográficas de los 90, es ecológica y multicultural. Posee
todos los colores que tus ojos puedan reconocer. Tiene como emblema mi basura
puede ser tu basura. Se burla de los impuestos y todo lo reduce a una economía
simple. Persigue la reutilización como estilo de vida. Piratea a Hollywood. La feria de mi casa es
capaz de impedir el paso de los autos y cortar las calles sin que la policía
venga a reprimir.
Posiblemente, existen muchas
ferias a lo largo del país como la feria de mi casa, pero para mí siempre será única.
Principalmente porque es la feria de mi barrio, es la feria a la que han ido
mis padres con ese carrito rechinante desde que tengo uso de razón. En fin, es mi
feria.