A los 8 años me entretenía de diversas
maneras. Una de ellas era jugar con mis barbies. La mayoría bien tiesas, porque las
articuladas eran más caras. Nos habíamos cambiado de casa hace menos de un año. Siempre me fue difícil hacer amigxs, por lo que la amistad que surgió con los chicxs del barrio, fue un mundo interesante para
mí.
En la casa de mis abuelxs paternxs, donde pasé los primeros 7 años de mi vida, me acostumbré a jugar sola. Y las veces que tenía la posibilidad de jugar con alguien en la casa, me escondía al fondo del patio y no salía más. La verdad, solo me escondía de una niña que visitaba la casa vecina, donde vivían otros familiares. Recuerdo que teníamos la misma edad, pero era el doble de grande que yo. Era muy ruda para jugar, gritona y siempre rompía mis pocos juguetes. Ahora que lo pienso bien, debí jugar más con ella y aceptarla. No, mentira. Eso era instinto de sobrevivencia.
En mi nueva casa fue todo distinto. Mucho más pequeño, pero a la vez más cómodo. Iniciaban los 90’, llegaba la fabulosa democracia y las familias comenzaban con el sueño bien instalado de la casa propia. La dictadura en parte quedaba atrás –bueno, siempre ha estado aquí- y la mayoría, incluida mi familia, con quienes habíamos vivido el autoritarismo de Pinochet en un barrio conflictivo como La Legua, buscábamos la manera de construir una familia, en una casa pequeña y pareada, con patio para el asado y para la perra quiltra.
La villa -como se acostumbró a llamar a la proliferación de poblaciones de viviendas idénticas- no tenía más de 6 casas habitadas cuando llegamos. Situación que cambió drásticamente con los meses. Así al poco tiempo, muchas familias jóvenes con sus pequeñxs hijxs, iniciaban una nueva vida en la populosa comuna de Puente Alto.
¿Y la historia de la barbie sin cabeza?
- Cierto, la historia.
Un día, jugando con mi nueva amiga Daniela, decidimos, en realidad dispuso ella. Es importante mencionar que Daniela siempre fue adelantada para su edad. Quería vivir todo antes de tiempo. Comenzó a fumar de niña, odiaba el colegio – bastante comprensible- hasta llegar a repetir varios niveles. Tenía 9 años y le gustaban todos los niños, siempre quería hacer cosas nuevas y por lo demás, era bastante entretenida.
Entonces, nos fuimos a jugar a la vereda frente a mi casa, con nuestras barbies. Justo en ese espacio, habían instalado la tapa del desagüe. Escenario perfecto para alguna historia dramática. Así a Daniela se le ocurrió la brillante idea de meter en el pequeño hoyo de la tapa del desagüe las cabezas de nuestras dos barbies. Probablemente era algo relacionado con que las muñecas podían ver algo que nosotras no, una especie de extensión de nuestra vista, quién sabe. Yo la miré con desconfianza. Mi barbie era más barata y tenía la cabeza suelta, yo sabía eso, pero le seguí el juego.
Así introducimos las dos cabezas de barbies y me dice: a la cuenta de tres las sacamos juntas. Error. Uno, dos, tres. Recuerdo bien lo que sentí, fue como si me hubieran arrancado a mí la cabeza. Me bajó una profunda tristeza. Miré a mi barbie, que por lo demás era mi favorita, sin cabeza. La barbie de Daniela mantenía su cabeza intacta, y me observaba con esa sonrisa forzada que tienen todas las barbies.
Daniela me miró con cara de “yo no hice nada”. Me dijo que lo sentía mucho, agarró sus cosas y se fue de la escena del crimen. Me quedé sentada por unos minutos más sobre el desagüe y entré a mi casa. Creo que no lloré, el impacto fue tan grande, que me quedé tiesa como mis muñecas baratas, mirando a mi nuevo espécimen de juguete. Intenté ponerle otra cabeza, pero ninguna le quedaba bien. Ella tenía su propia cabeza y la había perdido.
No sé cuánto tiempo pasó después de esto, probablemente un par de años, porque ya no jugaba mucho con mis muñecas y me interesaba más escribir en mi diario. Fue así como un día, mi mamá me llama desde la calle. Habían venido de la empresa del agua a limpiar el desagüe y entre toda la mierda que sacaron, hallaron una cabeza de barbie. Ahí estaba, frente a mí, la cabeza de mi barbie. Estaba toda podrida por el agua, su pelo ya no era rubio, sino era un montón de caca y me miraba con los ojos desteñidos probablemente de tanto llorar. Así y todo, con la cabeza con olor a mierda de desagüe, me emocioné.
Fui corriendo al baño a lavarla, la limpié lo más que pude, pero su pelo estaba hecho un desastre. Había que tomar una decisión drástica. Así que agarré las tijeras y le corté el pelo. La verdad, la rapé completa. Era la única manera de salvarla. Luego, busqué en el cajón de los juguetes el cuerpo de la Barbie sin cabeza. Ese momento, después de tanto tiempo de intentar encontrarle una cabeza ideal para ella, había llegado. Se la puse y calzó perfecta. Mi Barbie otra vez tenía cabeza y además, rapada. No me importó su nuevo estilo, de hecho me gustó. Volví a jugar con ella, le coloqué el mejor vestido que encontré, los mejores zapatos y la senté en el estante de los juguetes.
Para finalizar y agregar romanticismo. Esto me recuerda al mito de Aristófanes: en un principio del tiempo, los hombres poseían dos cabezas, cuatro brazos y cuatro piernas. Un día desafiaron a los dioses, perdieron y Zeus por castigo los separó, dejando la cicatriz del ombligo. (No entraremos en detalles de género). Desde entonces, el ser humano busca a su otra mitad, a su otra cabeza. Porque siente y cree que le falta algo, algo que perdió, que encaja perfectamente con lo que es.
Mi barbie encontró su cabeza, después de tanto tiempo de haberla perdido y, aunque hubo que hacerle un nuevo corte de pelo, le quedó perfecta igual. Así que, no perdamos las esperanzas. Solo hay que saber reconocer, aunque esté rapadx.
por María Magdalena.
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